Torpe Aquiles…
Y mira que el centauro Quirón le instruyó.
Le pudo el afán guerrero.
Está bien.
La gloria halló derrotando a Héctor
hijo de Príamo
en fiero duelo equilibrado
al pie de las murallas
de Troya.
Héctor hubo muerto a Patroclo
en dudosa confusión campal
y Aquiles le vengó.
Pero, ¿qué le hicieron las amazonas?
De las doce, a seis aniquiló: Antandra,
Polemusa, Hipótoa, Harmótoa, Antibrota…
y, por último,
Pentesilea
la Reina.
Eran bravas guerreras, cierto.
Muy a la altura de su diestra espada
y férreo escudo.
Mas por sí mismo
descubrió
la fatalidad de la matanza
cuando recobró la lanza
del pecho de la Reina.
De allí
hundida entre los senos
la extrajo
y no logró el horror de la sangre
obviar tanta belleza
perecida.
¡Ay!,
si las lágrimas encendidas
que arrodillado vertió
cicatrizasen las heridas…
¡cuánta pasión no hubiera dado
a Pentesilea!
Como el griego Tersites
se mofase de su dolor inaudito
de un tajo le borró
la risa y la vida.
Así de necio,
confundido y rabioso
se sintió.
El río Escamandro
rumoreaba a lo lejos
y hasta allí cabizbajo
la llevó
impregnada la coraza
de su sangre.
Y en la orilla sinuosa
bajo unas cañas
con sus manos inicuas
cavó una zanja.
Dentro la posó
y con la arena empapada
de su sangre y sus lágrimas
tiernamente la sepultó.

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