Hipodamante
arrojó al agua
desde una alta peña
a su hija Perimele.
Viejo innoble,
desabrido cascarrabias.
¿Por qué su intolerancia
en aquél trance?
Los ojos inyectados
la baba triunfante
decayéndose por las mejillas
de aberrante inquina.
Un grito dilacerante
subió por las esquinas
de las rocas.
Tal, su hija al golpear
la espuma,
y sumergirse.
No hombre la amó
de dotes y abolengo
al que ella correspondiera
y a él le agradase
sino un triste río:
Aqueloo
al cual arrojó
por que se ahogara.
Ay, ruin
si el amor no triunfara
de las detestables aversiones
paternas…
Allá abajo la corriente
la arrastró
entre caricias espumosas
hasta el delta
que besaba el mar.
Y al ritmo natatorio
de una hoja a la deriva
la súplica angustiada
de Aqueloo
atendió Neptuno,
el cual
con el tridente apoteósico
la tocó
volviéndola una preciosa isla
de las Equínades
para siempre
bañada de amor.

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