Procris.
La sospecha hirvió
en su pecho enamorado
(tan excluyente es el amor
de los esposos).
Salió temblorosa
en pos de Céfalo
cazador
a fin de verificar
el adulterio.
El soplo ruin y deslenguado
de un delator
la puso en tal zozobra
que corrió a espiarlo
entre las zarzas.
Él había venido disfrazado
de mercader
después de ocho años de ausencia
para ponerla a prueba.
Solo al final
cuando la ganancia tornó sabrosa
cedió levemente
despojándose él
la máscara.
Ahora
ella lo espiaba entre las ramas
mientras él disparaba las flechas
atisbando la presa
desplazándose con
paso quedo.
De pronto,
él gritó
¡Brisa! ¡Brisa!
y ella entendió que era
la amante oculta.
Presta a descubrirlos
descorrió unas hojas
para salir del escondite
y tomar buena nota.
Mas al punto
alcanzóle él con sus flechas
creyéndola una
pieza furtiva.
Agonizó entre sus brazos
perdonándole ella
después de todo
su infidelidad
entre vaharadas de suspiros.
Él torció el gesto
al ella expirar
y dándole justo entierro
buscó en seguida
libre
a la amada Brisa.
Y con ella se fundió
en un aire invisible
cuya caricia sitió
constante, fiel,
inviolable.







